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ACTO DE
CONSAGRACIÓN
AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA
Juan Pablo
II

ORACIÓN:
«Madre de los hombres y de los pueblos, Tú conoces todos sus sufrimientos y sus
esperanzas, Tú sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal,
entre la luz y las tinieblas que sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido
en el Espíritu Santo directamente a tu Corazón y abraza con el amor de la Madre
y de la Esclava del Señor a los que más esperan este abrazo, y, al mismo tiempo,
a aquellos cuya entrega Tú esperas de modo especial. Toma bajo tu protección
materna a toda la familia humana a la que, con todo afecto a ti, Madre,
confiamos. Que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el
tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza».
Pero el Santo Padre, para responder más plenamente a las peticiones de «Nuestra
Señora», quiso explicitar durante el Año Santo de la Redención el acto de
consagración del 7 de junio de
1981, repetido en Fátima el 13 de mayo de 1982. Al recordar el fiat pronunciado
por María en el momento de la Anunciación, en la plaza de San Pedro el 25 de
marzo de 1984, en unión espiritual
con todos los Obispos del mundo, precedentemente «convocados», el Papa consagra
a todos los hombres y pueblos al Corazón Inmaculado de María, en un tono que
evoca las angustiadas palabras pronunciadas en 1981.
«Y por eso, oh Madre de los hombres y de los pueblos, Tú que conoces todos sus
sufrimientos y esperanzas, tú que sientes maternalmente todas las luchas entre
el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que invaden el mundo
contemporáneo, acoge nuestro grito que, movidos por el Espíritu Santo, elevamos
directamente a tu corazón: abraza con amor de Madre y de Sierva del Señor a este
mundo humano nuestro, que te confiamos y consagramos, llenos de inquietud por la
suerte terrena y eterna de los hombres y de los pueblos.
De modo especial confiamos y consagramos a aquellos hombres y aquellas naciones,
que tienen necesidad particular de esta entrega y de esta consagración.
¡“Nos acogemos a tu protección, Santa Madre de Dios”! ¡No deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades!».
Acto seguido, el Papa continúa con mayor fuerza y con referencias más concretas,
comentando casi el triste cumplimiento del Mensaje de Fátima:
«He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón
Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que,
por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando dijo: “Yo por ellos
me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19).
Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los
hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y
de procurar la reparación.
El poder de esta consagración dura por siempre, abarca a todos los hombres,
pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es
capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que, de hecho, ha
sembrado en nuestro ¡Oh, cuán profundamente sentimos la necesidad de
consagración para la humanidad y para el mundo: para nuestro mundo
contemporáneo, en unión con Cristo mismo! En efecto, la obra redentora de Cristo
debe ser participada por el mundo a través de la Iglesia.
Lo manifiesta el presente Año de la Redención, el Jubileo extraordinario de toda
la Iglesia.
En este Año Santo, bendita seas por encima de todas las criaturas, tú, Sierva
del Señor, que de la manera más plena obedeciste a la llamada divina.
Te saludamos a ti, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu
Hijo.
Madre de la Iglesia: ilumina al Pueblo de Dios en los caminos de la fe, de la
esperanza y de la caridad. Ilumina especialmente a los pueblos de los que tú
esperas nuestra consagración y nuestro ofrecimiento. Ayúdanos a vivir en la
verdad de la consagración de Cristo por toda la familia humana del mundo actual.
Al encomendarte, oh Madre, el mundo, todos los hombres y pueblos, te confiamos
también la misma consagración del mundo, poniéndola en tu corazón maternal.
¡Corazón Inmaculado! Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se
arraiga en los corazones de los hombres de hoy y que con sus efectos
inconmensurables pesa ya sobre la vida presente y da la impresión de cerrar el
camino hacia el futuro.
¡Del hambre y de la guerra, líbranos!
¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de todo tipo de
guerra, líbranos!
¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, líbranos!
¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!
¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional,
líbranos!
¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!
¡De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios,
líbranos!
¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos!
¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!,
Acoge, oh Madre de Cristo, este grito lleno de sufrimiento de todos los hombres.
Lleno del sufrimiento de sociedades enteras.
Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado, el pecado del
hombre y el «pecado del mundo», el pecado en todas sus manifestaciones.
Aparezca, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de la
Redención: poder del Amor misericordioso.
Que éste detenga el mal. Que transforme las conciencias. Que en tu Corazón
Inmaculado se abra a todos la luz de la Esperanza».
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